July 8, 2026

Llegar no es lo mismo que ejercer

Por: Maricel Etchecoin

Hace unos días estuve en Lima, en la I Cumbre Hacedoras, en un panel sobre el futuro del liderazgo femenino en América Latina. Compartí mesa con mujeres de distintos países que trabajan en políticas públicas desde distintos roles y distintas trincheras. En algún momento de la conversación apareció una idea que se quedó resonando en la sala: que no se trata solo de que más mujeres lleguen a los espacios de decisión, sino de qué tipo de autoridad pueden ejercer una vez adentro.

Esa distinción me parece la más importante que existe hoy para pensar el liderazgo femenino en la región. Y sin embargo, casi nunca aparece en los debates sobre representación y paridad.

América Latina es hoy la región con mayor representación femenina en parlamentos del mundo: el 35,8% de los escaños están ocupados por mujeres, según ONU Mujeres. (Datos y cifras: Liderazgo y participación política de las mujeres ) Es un avance real, producto de décadas de activismo, leyes de cuotas y una disputa sostenida por el acceso. Pero ese mismo informe describe algo que cualquiera que haya trabajado en instituciones reconoce sin dificultad: mujeres que ocupan el espacio de poder, sin poder. Ubicadas en cargos sin presupuesto, sin influencia real, sin autonomía de decisión.

Llegaron. Pero no ejercen.

Si el problema fuera solo de acceso, las cuotas o paridad lo habrían resuelto. Pero después de tres décadas de políticas de paridad en la región, sabemos que el acceso es necesario pero no suficiente. La pregunta que sigue pendiente es otra: ¿qué tipo de autoridad estamos en condiciones de ejercer una vez que llegamos?

Cuando una mujer accede a un cargo de decisión, lo hace dentro de una institución que tiene su propia historia, su propia cultura y sus propias jerarquías. Y muchas veces, la autoridad que recibe con ese cargo es una autoridad prestada: la que le da la posición en el organigrama, la que le otorga la persona que la nombró, la que sostiene la institución mientras ella está adentro. Esa autoridad funciona. Permite tomar decisiones, convocar reuniones, administrar presupuesto, hacer que las cosas pasen. Pero tiene una fragilidad que conviene conocer: se va con el cargo. Cuando cambia el gobierno, cuando se reestructura el organismo, cuando el/la referente que la ungió deja de tener poder, esa autoridad se retira con la misma velocidad con la que llegó.

Vale aclarar que aunque pienso desde mi experiencia en el sector público, la pregunta no le pertenece solo a ese mundo. En organizaciones sociales, universidades y empresas pasa exactamente lo mismo: mujeres con años de trayectoria cuya influencia queda atada al cargo, al proyecto, o a quien las convocó. El contexto cambia. La estructura del problema, no.

Lo opuesto a eso no es tener más poder. Es tener una autoridad que viaje con la persona y no dependa del lugar que ocupa en ningún organigrama. Una autoridad construida sobre criterio propio, sobre una perspectiva que los demás reconocen como valiosa independientemente del cargo.

Pienso en mujeres que conozco, y que seguramente quienes leen esto también conocen, que pasaron décadas construyendo expertise dentro de instituciones públicas. Que saben más de su área que cualquiera en la sala. Que tienen una lectura del territorio que no se aprende en ningún manual. Y que sin embargo, cuando tuvieron que moverse de institución, de cargo o de sector, sintieron que empezaban de cero. Como si todo lo que sabían hubiera quedado ahí adentro, archivado junto con los documentos de gestión.

Eso no es un problema de capacidad. Es un problema de visibilidad del criterio. La autoridad que viaja se construye haciendo visible lo que una sabe, cómo lo piensa y por qué eso importa. No es una cuestión de marketing personal. Es una cuestión de posicionamiento intelectual: tener una perspectiva reconocible, un lenguaje propio para nombrar los problemas, una manera de analizar que los demás puedan identificar y buscar. Eso no se pierde cuando cambia el cargo.

En Lima estuvimos mujeres de Perú, Argentina, Colombia, México, Bolivia. Distintos países, distintos contextos institucionales, distintos sistemas políticos. Y la conversación de fondo era la misma en todos los casos: cómo sostener autoridad en contextos que cambian, cómo hacer que lo que sabemos no quede atrapado en el organigrama donde lo aprendimos, cómo construir trayectorias que resistan los cambios de gobierno y las reestructuraciones que nadie anuncia con anticipación. No es un problema de un país. Es una estructura que se repite, y que tiene sentido pensar regionalmente, desde redes como Hacedoras, desde conversaciones que cruzan fronteras, desde la posibilidad de reconocerse como par en alguien que trabaja desde otro rincón del continente con la misma urgencia.

Hay una pregunta que me parece útil como punto de partida: si mañana te sacaran el cargo que tenés hoy, ¿qué se quedaría con vos? No como ejercicio de angustia, sino como diagnóstico. Lo que podés responder con claridad es tu autoridad portátil. Lo que todavía no podés responder es lo que vale la pena construir.

Llegar es una conquista. Ejercer es una práctica. Y construir una autoridad que no dependa de dónde estás parada es, probablemente, el trabajo más estratégico que podemos hacer: para nosotras y para las que vienen después.